Colectivo Cultural y Literario CLEPSIDRA.

Lunes, 7 Abril 2008

Lunes, 7 Abril 2008 09:38:15 GMT

Primer Recital de Poesía Joven (24 de abril del 2008)


PRIMER RECITAL
DE POESÍA JOVEN.

Arica - Chile

Jueves 24 de ABRIL
del 2008.

Aula Magna- U.T.A Campus Velásquez.

A partir de las 8:00 p.m


Entrada Liberada.



PARTICIPAN.

¿Cuáles son las respiraciones extendidas y comunicables
que prevalecerán a la luz del instinto?
Rojas Terán.


En cada escritura se abre y arranca de su ombligo todo el proceso de la noche
Josmar Conde

Suciedad injusta y contagiada por ese insomnio de velar por la narices el último aire
Montecinos.

Morirá en nuestro tiempo ignorando el origen de tanto silencio inerte.
Nolo Zabré.

Escurrían las gotas de su animal, sacrificado
Markos Quisbert.

“Incendio rojo de invierno en mi cama”
Carlos Araya Díaz

(“Debiéramos jugar a hacernos daño, a ver si aún pueden crepitar nuestros poros”.)
Federico San Juan.

...el friolento trato, el acuerdo tácito, la violencia de ese útero a la moda,
que anda pariendo despojos
Daniel Rojas Pachas.

Busco mundos inhóspitos y vírgenes contagiados con epidemias de amor y odio”
Msis

Desahuciados puentes de ríos polinizados,
temperaturas caritativas ante el frío de pupilas clausuradas
Eduardo Ignacio.



Organiza: Daniel Rojas Pachas.

Con el apoyo de:
Grupo de poetas jóvenes.

Facultad de Educación y
Humanidades U.T.A

Departamento
de Español U.T.A







Grupo
M.A.L





Velocet
Producciones.




Colectivo
TROMPO




Contacto: carrollera@hotmail.com




En: Clepsidra.
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Lunes, 7 Abril 2008 09:35:39 GMT

El cerdito - Juan Carlos Onetti.



on
El cerdito Juan Carlos Onetti.



La señora estaba siempre vestida de negro y arrastraba sonriente el reumatismo del dormitorio a la sala. Otras habitaciones no había; pero sí una ventana que daba a un pequeño jardín parduzco. Miró el reloj que le colgaba del pecho y pensó que faltaba más de una hora para que llegaran los niños. No eran suyos. A veces dos, a veces tres que llegaban desde las casas en ruinas, más allá de la placita, atravesando el puente de madera sobre la zanja seca ahora, enfurecida de agua en los temporales de invierno.

Aunque los niños empezaran a ir a la escuela, siempre lograban escapar de sus casas o de sus aulas a la hora de pereza y calma de la siesta. Todos, los dos o tres; eran sucios, hambrientos y físicamente muy distintos. Pero la anciana siempre lograba reconocer en ellos algún rasgo del nieto perdido; a veces a Juan le correspondían los ojos o la franqueza de ojos y sonrisa; otras; ella los descubría en Emilio o Guido. Pero no trascurría ninguna tarde sin haber reproducido algún gesto, algún ademán de nieto. Pasó sin prisa a la cocina para preparar los tres tazones de café con leche y los panques que envolvían dulce de membrillo.

Aquella tarde los chicos no hicieron sonar la campanilla de la verja sino que golpearon con los nudillos el cristal de la puerta de entrada, la anciana demoró en oírlos pero los golpes continuaron insistentes y sin aumentar su fuerza. Por fin, por que había pasado a la sala para acomodar la mesa, la anciana percibió el ruido y divisó las tres siluetas que habían trepados los escalones. Sentados alrededor de la mesa, con los carrillos hinchados por la dulzura de la golosina, los niños repitieron las habituales tonterías, se acusaron entre ellos de fracasos y traiciones. La anciana no los comprendía pero los miraba comer con una sonrisa inmóvil; para aquella tarde, después de observar mucho para no equivocarse, decidió que Emilio le estaba recordando el nieto mucho más que los otros dos. Sobre todo con el movimientos de las manos.

Mientras lavaba la loza en la cocina oyó el coro de risas, las apagadas voces del secreteo y luego el silencio. Alguno caminó furtivo y ella no pudo oír el ruido sordo del hierro en la cabeza. Ya no oyó nada más, bamboleó el cuerpo y luego quedó quieta en el suelo de su cocina.
Revolvieron en todos los muebles del dormitorio, buscaron debajo del colchón. Se repartieron billetes y monedas y Juan le propuso a Emilio: -Dale otro golpe. Por si las dudas.

Caminaron despacio bajo el sol y al llegar al tablón de la zanja cada uno regresó separado, al barrio miserable. Cada uno a su choza y Guido, cuando estuvo en la suya, vacía como siempre en la tarde, levantó ropas, chatarra y desperdicios del cajón que tenía junto al catre y extrajo la alcancía blanca y manchada para guardar su dinero; una alcancía de yeso en forma de cerdito con una ranura en el lomo.





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